sábado, 6 de abril de 2013

El estrés y la relativa importancia de las cosas

A veces ocurre que, a mediados de curso, es necesario cambiar de colegio a un crío. Y a veces ocurre, como ha sido el caso de mi clase, en que tres alumnos llegan a destiempo, uno a mitad del primer trimestre y dos en pleno segundo trimestre.

Mi colegio, que entra en el radio de acción de varios colegios de esos muy buenos llamados "de pago", está recibiendo una auténtica avalancha de niños y niñas nuevos cuyos padres no solamente se están dando cuenta de que con el tema de la crisis un colegio así sale muy caro, sino que además se están dando cuenta que en los colegios que nos rodean, ese dinero está muy mal invertido.

Con mucho tiento me habló el equipo directivo de esta incorporación, puesto que era un caso un tanto delicado. El cambio de colegio se hacía debido al intenso estrés de este alumno/a, a la presión recibida hacia el estudio y a las consecuencias en forma de dolencias psíquicas y físicas que este estado de acoso puede provocar en una persona de diez años.

Y llegó el día en que tuve que poner en clase una mesa y una sillita más. Y bendita la hora. Cien mil alumnos más así querría yo tener a lo largo de mi vida laboral. Atención y participación en clase, interés por relacionarse con compañeros y compañeras...


Y unos padres encantadores a los que comenté que no se les iba a repetir lo de trasnochar haciendo deberes, porque la menda es poco amiga de eso. Que cada cosa a su tiempo y que la infancia es para jugar en el parque.

Porque sí, mando deberes, pero calculo que los chiquillos no estén más de una hora en casa liados, porque salimos todos perdiendo. Y donde hay que dar el callo es en clase y punto.


Y parecía que mi nueva incorporación estaba totalmente desintoxicada de malos rollos. Hasta que el otro día mandé para casa una fotocopia de la v. De ortografía, de esas de rellenar huequitos con la letra correcta y hacer luego una frase del tipo "Mi padre pesca lubinas en la orilla del río".

Y va a la incorporación nueva en el aula y se le olvida la ficha en casa.

Yo de esto me di cuenta más tarde, cuando conseguí leer los labios de esta persona que, sin color alguno en el rostro y retorciéndose las manos, me contaba entre susurros y con la mirada baja que no sabía qué había podido pasar, pero que la fotocopia no estaba en su mochila.

- Bueno, muchacha, intenta corregirla con tu compañera y me la traes mañana, que te la pueda mirar.

Cuando veo que pasa la reacción de miedo extremo, que la chavala coge confianza y color como para volver a levantar la mano en clase la llamo a parte y me la saco al pasillo.

- A ver, chica, que sea la última vez que te preocupas de esta forma en clase. Olvidar una ficha de los deberes no es tan grave, te quedas sin poder corregirla y me la tienes que traer mañana. Punto. ¿Lo peor que te puede pasar? Que te apunte un negativo, pero en tu caso que siempre traes hecho todo mi lo tendría en cuenta para las notas, así que no le des más importancia de la que tiene, que es un descuido puntual.

- Es que si me pasaba esto en el otro colegio me dejaban sin comer.

- Pues eso no te va a pasar más, porque incluso cuando dejo a alguien sin recreo antes del castigo lo que se hace es comer.


Veo cómo la chica tiene los ojos brillantes.

De vuelta al pupitre se le escapa una lagrimilla.

Se sienta, me mira y me sonríe tímidamente. Le devuelvo la sonrisa y digo:

- Venga, vamos a hacer un dictado.

viernes, 22 de febrero de 2013

Las causas de la vergüenza

Como ya he contado por aquí, este año imparto en varios cursos la asignatura de alternativa a la religión y,a veces, trabajo habilidades sociales con mis alumnos.

Uno de estos días hablábamos acerca de esas situaciones en las que nos sentimos avergonzados, las situaciones que nos hacen sentir así y la presión social ante esa sensación de vergüenza.

Así, fuimos comentando y reflexionando que, a veces, nos avergonzamos por cosas que no tienen la mayor importancia. Vaya, que yo intentaba hacer una clase donde la conclusión fuera eso de pasar un poco de lo que digan los demás, de superar la vergüenza y esas cosas.

Y como tienen diez años hablamos de lo avergonzados que se sienten cuando un familiar te da un beso en público, cuando nos caemos delante de cierta gente, cuando sacamos mala nota y no queremos que lo sepa nadie. La clase iba como la seda, les estaba desmontando a los chavales eso de la presión social...

Y entonces, habló J.

- Pues a mi me da vergüenza mi padre.

- Claro, cuando te da besos en público y tal, ¿no?- intento decir, en tono comprensivo.

- No, no, me da vergüenza cuando se pone las mallas de su novia para ir a pescar.

- ¿Cóooooomo?

- Sí, la novia de mi padre hace aerobic, y mi padre se planta unas mallas de ella que son rosa fuerte para ir a pescar, porque dice que son muy calentitas, pero ¡es que son apretadas y se le marca todo a mi padre! Y yo cuando lo veo así me da una vergüenza que me muero, maestra, de verdad.

Me imaginé a mi padre con mallas color fucsia.


- A mi también me pasaría, J, a mi también.

Y a la porra mi objetivo de la clase.

lunes, 4 de febrero de 2013

Las diferentes opiniones acerca del éxito

Hoy, gracias a la televisión, a un programa mediocre de unos guionistas mediocres, se está repitiendo como un mantra en las redes sociales eso de "la familia educa, en clase se enseña". Pues mira qué bien, que ha tenido que llegar la tele a abrirle los ojos a estas mentes pensantes.


Pese a que en el primer trimestre mi clase ha alcanzado unos resultados francamente positivos (al menos comparando lo que me esperaba cuando hice las evaluaciones iniciales en septiembre), he trabajado conjuntamente con el resto del equipo docente para proponer medidas que sirvan para mejorar aún más los resultados y, para ello, hemos debido hacer análisis de las causas que pensamos que nos frenan en el camino a la excelencia académica. Me refiero a esos parámetros que pueden llegar a ser controlados y modificados, aunque sea con mucho trabajo.

Entre esos parámetros que hemos manejado ocupa la primera posición el desinterés del alumnado. Y oye, por extensión, de sus padres y madres.

En el colegio donde trabajo este curso escolar es costumbre hacer una reunión general trimestral para el análisis de objetivos, comentar la metodología, qué objetivos se persiguen. ¿Imagináis cuál es el porcentaje de padres y madres asistentes a estas reuniones? En mi clase no se supera el 50%. Y tutores de otras clases han considerado mis cifras un éxito.

De las notas que pongo en las agendas y que reviso, sin firmar por tutor alguno, semana tras semana mejor ni hablamos.

Así, para los que se acostumbran al desinterés de estas familias consideran éxito esta pobre convocatoria. Quizá tengo demasiado presente la actitud de mis padres en mi propia educación, a mis ojos, muy cercano al ideal.

Cuanta más experiencia voy acumulando como docente más claro me queda que se debe educar en casa, que la escuela está para enseñar y que si el interés hacia la formación no se fomenta en casa poco puedo hacer yo como maestra.


miércoles, 16 de enero de 2013

Mi barrita, mi refugio

Hoy ha sido un día de los malos.

Bueno, vale, matizo. Hoy ha sido un día horrible comparado con los que estoy pasando en este centro de trabajo y un día pasable comparado con los dos últimos cursos. Yo me entiendo.


Pero bueno, hoy los niños me han dado un día de esos para olvidar. Peleas, bromas pesadas y niños pesados a secas. Y otra cosa que no puedo contar porque no es del tipo de lo que opino que debo contar en un blog acerca de niños. Los castigos los he repartido como panes, a pares, de tres en tres y de cuatro en cuatro.

Dejémoslo en un día malo.

Antes de la hora del recreo, y no había llegado lo peor, ya no podía más, así que tuve una pequeña explosión.

-¡Vaya tela la mañana que me estáis dando! ¿De verdad os creéis que os podéis comportar así? Pues no, aquí venimos a trabajar, no a gamberrear, que os estáis equivocando. Así que no quiero oír ni una palabra más, que ¡menuda mañana horrible que me estáis dando! Y os vais a poner ya a trabajar y yo me voy a tomar una barrita porque me la merezco, ale.

Dicho esto, pongo el culo en la silla y me abro una barrita de chocolate y cereales, a la que le pegó un bocado mientras miro a la clase enfurruñada.

- Maestra- me dice I, un chico que se va a llevar a todas las niñas de calle, que os lo digo yo, que menuda labia tiene el colega- yo también llevo una mañana horrible, porque no eran ni las ocho de la mañana y mi madre ya me estaba echando la bronca.

I me mira, y yo le miro.

- Toma, otra barrita para ti, que también llevas la mañana fina.


Es que, pensándolo bien, una bronca antes de las ocho de la mañana es cosa fea. Y si viene de parte de tu madre, más.

martes, 15 de enero de 2013

Hombrecillos verdes

Esta semana, mi Muñequito, el que me aconsejaba peinarme ayudándome del agua, viene contentísimo con sus regalos de Reyes.

- Y maestra, me han traído un libro donde viene todo todo de los ovnis y de los extraterrestres que han visitado La Tierra. Con fotos. Y se ven los ovnis y los extraterrestres con la gente, maestra. Pero es raro, porque no veo yo que en los libros salga... Porque hemos visto los mamíferos, los lagartos, los bichos...

- ¿Qué son los bichos?- Interrumpo.

- Jo, maestra, pues los mosquitos y los escarabajos y las arañas.

- Vale.

- Pues que lo hemos visto todo pero, ¿Cuándo vamos a aprender los extraterrestres, maestra?, ¿En el instituto?

- Muñequito, ¿cómo vamos a estudiar los extraterrestres, si no existen?

- ¿Cómo que no existen?

- Bueno, no sé si existen, pero que sepamos no han estado en la tierra, y mucho menos hay fotos de eso.

- ¡Pero yo tengo fotos en el libro!

- Claro, hombre, porque son montajes, o fotos con truco.

- ¿Cómo? ¿Truco?

- Sí, son fotos que alguien ha dibujado o juntado dos fotos, o una foto y un dibujo... Para que parezca de verdad.

- Maestra, ¿Me estás diciendo que alguien se ha puesto a dibujar y a hacerle cosas a unas fotos para que yo me crea que los extraterrestres existen de verdad?

- Sí.

El muñequito me mira, parpadea.


- Qué fuerte.



El muñequito, frente a la manipulación de la información. Menudo crítico del Canal historia, tengo.

lunes, 14 de enero de 2013

I have a dream

A finales del mes de enero es típico celebrar el día de la paz en las escuelas. Es algo así como una segunda Navidad, donde los buenos deseos y los propósitos de vivir en paz nos hacen olvidarnos de que no soportamos a alguien. Ni con paz ni con San Paz.

No me gusta especialmente lo de celebrar "el día de" en el colegio. En mi opinión, a veces, perdemos muchas horas lectivas con chorraditas. Como no me queda otra, intento que las chorradas sean lo más prácticas que se pueda encontrar y que de paso me sirvan para trabajar contenidos.

Lo que sí me gusta es dar ambiente, lo de decorar clases y pasillos. Porque no es Navidad sin adornos soltando porquería brillante. Porque no es final de enero si no vemos palomas y signos pacifistas por el pasillo.

Así que ayer, con la mejor de mis intenciones, saqué de internet un calendario de enero con un fondo muy molón, de un señor negro que dice "I have a dream".

Pero lo pone en castellano, "Tengo un sueño".

- Chicos, mirad qué traigo, un calendario de enero, para apuntar los exámenes. Y además es temático de enero porque este señor dice...

- Ains, maestra- me interrumpe una niña- ¡sí que es adecuado! Que ese hombre dice: ¡Tengo un sueño...! Y yo también tengo un sueño que te mueres, maestra.

- ¡Y yo!

- ¡Y yo también!

Martin Luther King, haciendo campaña a favor de no madrugar desde siempre. La que me ha caído.

Feliz semana

viernes, 4 de enero de 2013

Honestidad de género

Este curso, una vez más, he tenido que explicar lo del masculino y femenino. Lo del emperador y emperatriz. Lo del caballo y la yegua.


Y en el examen que les fotocopio va y dice que me pongan el femenino de "carnero".


Soy una de esas maestras que pasan de la guía del profesor como de la mierda. Tal cual. Me reventaba de pequeña que mis maestras no se despegaran de su libro mágico, porque a mi me daba toda la sensación de que se estaban quedando conmigo y que poca idea tenían ellas mismas de lo que me estaban preguntando.

Femenino de carnero.

Pues me toca ser honesta. Honesta con vosotros, honesta conmigo misma y honesta con mis alumnos. Yo soy más de ciudad que el asfalto, más que los semáforos y más que las chicas de Sexo en Nueva York. Y me cuesta identificar a un carnero. Y más aún a su señora esposa.

Así que, corrigiendo, me puse en el lugar de mis tiernas criaturas de diez años, también de un ambiente alejado de lo rural, cuyo mayor contacto con los animales son los vídeos de gatitos del Youtube. Y lo di todo por válido. TODO.

Oveja, bueno.
Carnera... También.
Cabra. Pues vale. Al menos lo intenta.


Y así porque total, apenas estaba regalando 0,25 puntos.

Y cuando se lo he contado al Jabalí (antaño conocido como Señor X), que es más de campo que las amapolas y que sabe perfectamente cuál es la señora del carnero, primero me ha hecho un facepalm y luego ha pasado a reírse de mi y de mi ocurrencia haciendo la croqueta.


Así que, desde aquí, os pido sinceridad queridos lectores, ¿habríais sabido ponerme el femenino de carnero correctamente? Si sois tan amables ponerme si sois de entorno rural o urbano, por favor.

Gracias.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Conversación de mayores

Cuando una persona se dedica a la enseñanza, dentro del aula, y lleva a rajatabla la legislación vigente ha de introducir en los contenidos a enseñar esos temas que suscitan el interés del alumnado. Un ejemplo de esto es el tremendo disfrute que tienen los peques trabajando las Navidades en clase.

A veces ocurre, tengan la edad que tengan los alumnos y alumnas, que su interés va más allá de lo que, como docentes, habíamos propuesto. Esas veces, en los que los temas de adultos entran en el aula,

Los últimos días de clase me pillé uno de esos resfriados que me dejan agonizante, con un tremendo dolor de garganta. Esta vez, además, me vino con fiebre alta. Supongo que se me notaba en la cara porque, en mitad de una clase (los chicos hacían solos actividades porque yo no puedo con mí alma) mis chicos me dicen:

- Maestra, vas a tener que quedarte unos días en casa. Estás muy mala.

- No puedo. Si me cojo una baja me pagan menos, y si me pagan todavía menos no tengo dinero para pagar mis cosas. Me tenéis que aguantar como sea. Pero eso no es lo peor, lo peor es que si me tengo que quedar enferma en casa no viene ningún maestro a sustituirme. Vendría un ratito uno, un ratito otro... Y si coincide de que hay otro maestro o maestra enfermos en el cole no habría nadie para quedarse con vosotros, y entonces os harían grupitos y os repartirían por las clases.


Mi perorata entre mocos es acogida con cierta incredulidad.

- Pero cuando el año pasado se puso mala nuestra maestra tuvimos una maestra sustituta.

- Pues eso ya no pasa. O me tiene que pasar algo muy grave que me deje muchos meses en casa para que manden a otra maestra.

- Pues nosotros no queremos que te pase nada malo.

- Ya lo sé, gracias.


- Pues a mi padre no le pagan. Pero él va a trabajar todos los días.


Silencio.


- Y mi madre está muy preocupada. Les oí hablar que no tienen dinero, y de la hipoteca y que a ver qué pasa con la casa.


Otro interviene.

- Maestra, ¿Es verdad que hay gente que se suicida porque le quitan su casa?

- Es verdad, sí. Me gustaría deciros que no, pero sí que lo es.

- Pero eso, ¿Por qué pasa?



Y a partir de ahí, sin haberlo previsto, los niños empezaron a preguntarme por desahucios, por la gente que ven buscando comida en los contenedores, por las preferentes (ni me imaginaba que supieran algo de eso)... Y de cómo es posible de que hallamos llegado a esta situación.


- Es que no me entra en la cabeza, maestra.

- Ni a mi.


Ni a mi.





Esta entrada va dedicada a esos tres amigos a los que Papá Noel les ha traído la carta de despido.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Identificación de emociones

Últimamente, en las horas que imparto de alternativa a la religión, estoy trabajando aspectos de inteligencia emocional, es decir, a través de cuentos o dramatizaciones propongo situaciones familiares para los niños, trabajo algunas emociones y la gestión de las mismas.


Lo curioso es que, pese a lo que podamos suponer, las emociones a las que nuestros niños son capaces de ponerles nombre son tremendamente limitadas. Tristeza, alegría, enfado y, apurando mucho, la envidia son las únicas emociones a las que mis niños y niñas saben poner nombre.

Así que pongo ejemplos lo más cercanos que puedo para que los peques puedan saber qué nombre poner a sus sentimientos... O a los míos.


Satisfacción

Se siente cuando se ve el resultado al propio trabajo. Como cuando se recibe una carta de un alumno, donde te dicen que lo mejor de ti no es lo bien que explicas, sino el cariño que das. A explicar se aprende en la universidad... Para el resto no hay escuela.


Ansiedad

Estado de nervios ante una situación desagradable. Como iniciar una búsqueda contrarreloj para evitar que una noticia llegue a los oídos que no debe.


Impotencia

Se siente al ver que, por más que todo un grupo de profesorado se esfuerce en interceptarla, la noticia voló y llegó a los oídos infantiles que no debía.


Devastación

Se siente al observar las consecuencias de enfrentar a una niña de once años a los horrores de la vida adulta.

Como si te hubieran dejado por dentro un bosque arrasado.

Como si hubieras visto a un dementor besar a un niño. Como si ese niño nunca más fuera a ser feliz.



Y así ha sido mi día.





martes, 4 de diciembre de 2012

De cómo donde entran veintisiete, caben veintiuno más

Por cuestiones de la vida que resumiré en la expresión "el mundo es un pañuelo", tengo en mi clase un alumno que el curso anterior estaba en el mismo colegio que yo. Curioso, sí. Yo no le daba clases, pero en los coles terminamos conociéndonos todos y hemos tenido la suerte de ser maestra y alumno este año. Suerte para él porque he sido una cara conocida en un lugar hostil, y suerte para mi porque es un niño agradable, amable, simpático, listo y trabajador. Que lo adopto, vaya.

Este muchachito, agradable y bienoliente, tiene conexiones con mis alumnos del curso pasado, a los que añoro tanto que duele... Procuro no pensar mucho en ello.

El otro día, a las nueve de la mañana, después de comentar el plan del día, don bienoliente (es increíble lo bien que huele este nene) me suelta:


- Maestra, te traigo un mensaje de V.

- ¡ No me digas!, ¡Qué alegría!... ¿Y qué mensaje es?

- Que te quiere.


Y me quedé muy muy seria. Con mis veintiún alumnos mirándome fijamente, en silencio. Y yo muy seria, con los brazos cruzados sobre el pecho.


- Chicos, estoy tan callada porque tengo muchas ganas de llorar.


....


- Es que echo mucho de menos a mis niños del año pasado y cuando pienso en ellos me quedo muy triste.


...

- Pero no os vayáis a encelar, ¿eh? Que en mi corazoncito también cabéis vosotros, que os quiero un montón también.



Entonces, mis chicos nuevos, mis nenes de este año, se fueron levantando y me fueron abrazando, bien fuerte.


domingo, 2 de diciembre de 2012

Cosas que se ven desde la mesa del profesor

Como dije a principios de curso, a la mayoría de mis alumnos no parece haberles tocado la crisis. Bueno, un poquito. Algunos han pasado de colegio de pago al de ahora, público. Otros ya no estrenan ropa cada semana, sino cada dos.

Y, los más, siguen con su vida, sin penurias pero sin grandes aspavientos tampoco, como si nada estuviese pasando.

Llevo conociendo a mis veintiún niños desde principios de septiembre. Ya sé de qué humor vienen cuando les veo la carita en la fila. Ya sé el lunes, mientras los veo esperar en la puerta del colegio, me casa de quién han pasado el fin de semana, con mamá, o con papá. Ya me han calado y saben que les he cogido más que cariño y que reparto mimos si se me acercan.


En las familias de trabajo no parece haber crisis, pero el cariño a veces no lo veo por ningún lado. Y mis alumnos tampoco. El cariño se vende caro en las familias de mis chicos.

Algunos me comentan apenados el lunes que papá estuvo tan ocupado que el viernes no pasó a recogerlos, y que mamá ha estado de un mal humor tremendo porque se ha tenido que hacer cargo. Otros me hablan de que, tras cinco años de divorcio, sus padres siguen inmersos en batallas campales donde los hijos son armas arrojadizas.

El otro día una de mis bellezas infantiles, una que ha escrito una carta a los Reyes Magos pidiendo quedarse siempre en una misma casa y no ir los fines de semana con una maleta de Hello Kitty, me preguntaba inocentemente que si no me gustaría vivir en una casa de esas de por ahí, un chalé con parcela y piscina.

- Uish no- Le respondí- yo prefiero quedarme en mi piso pequeñito, que aquí todo el mundo parece que se lleva muy mal y yo quiero mucho a mi marido.

La niña se rió y me dijo que en todos lados es igual.


No lo sé, pero yo esto no lo he visto nunca.


Y que papis y mamis queriéndose y felices también los hay, pero la tónica general en mi case es papis que no se quieren y que tratan a sus hijos como un gran estorbo. "A mi no me toca", dicen, delante de los chiquillos. Lo de las pelis de divorcios donde se pelean por tener a los niños es mentira. Aquí se pelean por no tenerlos. A veces ni siquiera están divorciados. No se quieren y cohabitan en un chalé divino que llenan de gritos.


Tengo veintiún niños en clase. Que están creciendo pensando en que lo normal es esto.

En que lo normal es que se pongan malos en el cole, que llame la maestra a los contactos de la ficha, y nadie se quiera pasar por el colegio para hacerse cargo del peque.

No lo es. No es normal.

E, dolor intenso de garganta. Sin fiebre ni placas de pus, pero desde que entramos en clase me dice que le duele mucho la garganta. Se la miro y la tiene amoratada. Debe estar rabiando de dolor.

- ¿Llamo a casa para que te vengan a buscar? Esto debe dolerte mucho.

- No maestra, si no van a venir, el año pasado me pasó igual. Ayer ya me dolía, pero me mandaron a jugar a la calle igual... Es que yo en casa juego y a mi madre le gusta estar tranquila... Y esta mañana me ha dicho que me hiciese yo el desayuno, que tenía sueño... Así que no llames a casa, maestra, que seguro que mi madre está dormida. Yo te lo decía para que hoy no me hagas leer, maestra, que me duele mucho, ¿Vale, porfi?

- Tranquilo, hoy no te hago hablar.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El uso de los sinónimos

Palabras sinónimas son aquellas que, siendo diferentes, tienen un mismo significado.

- Y el pirata se encontró con una carabela.

- Calavera, F, CALAVERA, no carabela.

- Se encontró con una cara... Ca-ra-be... ¡ajú! ¿Cómo era?

- Calavera. CA-LA-VE-RA

- Encontró una carabela. ¡JOÉ! SE ENCONTRÓ CON UNA CANINA Y YA ESTÁ.

F, y la utilidad de los sinónimos típicos del argot andaluz.

martes, 13 de noviembre de 2012

Para esto ni me esfuerzo

Hay días en los que me levanto, me miro al espejo, y me veo los pelos tan horribles que poco me falta para coger las tijeras y cortar las greñas indisciplinadas que me adornan.

Normalmente me levanto cabal y cambio las tijeras por la plancha. Y no es que lo arregle, pero me adecento.

Bueno, esa es mi opinión.


Los niños de mi clase este año son de tendencia callada y discreta. Afortunadamente no son los únicos niños con los que interactúo durante mi jornada laboral... Gusto de la variedad.

M es un niño bajito tan guapo que tiene cara de muñeco. Y así le llamo yo, M, "muñequito". M es espabilado, gamberro y resalao. Y se ha fijado en mi pelo.

- Maestra- me mira espantado- ¿Qué te ha pasado?

- Que qué me ha pasado de qué.

- ¡En los pelos!- Me dice, como si fuera obvio.

- Mmmm, que a veces me levanto así.

- Maestra, es que hay que peinarse.

- Claro que me he peinado, muñequito, claro que me he peinado, pero queda así.

- Pero cuando los pelos no se te doblan así para abajo hay que echarse agua, y luego hacerse así con el peine. Maestra, con AGUA.

A estas alturas me siento divertida, avergonzada y con cara de tonta.

- Maestra, ¿Tú vives con tu madre?

- No.

- Pues ella te habría dicho que te echases agua.




Debo recordar peinarme con esmero los lunes, para que me vea el muñequito.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Yo, creo

Después de la hoja de castigo, y las pequeñas pero constantes charlas que vinieron después, los chicos y chicas de mi clase se han tornado unos angelitos meones que no suelen dar mucha guerra. Y ahora, haciendo honor a la verdad, poco de ellos puedo contar.

Porque ahora les pongo ejercicios en clase y se quedan todos con la cabecita gacha, trabajando.


Porque ahora, cuando pongo deberes para casa, me los traen hechos (al menos casi todos) y no me tengo que poner hecha un basilisco. Ahora doy clase relajada, no con cara de perro. Y hasta les he podido decir en más de una ocasión eso de "hoy os habéis portado de lujo".

 Y tal es la cosa que el día de Halloween les puse en la pizarra digital en vídeo de Michael Jackson y terminamos bailando en el hueco gigante que hay tras las mesas.


Y tal es que en vez de regañar doy pequeños tironcillos de oreja cuando no está algo como debe.


Pero algo tendré que contar de ellos... Esto... Mmmmm... Estoy pensando...


Todavía creen en los Reyes Magos. Y en el ratoncito Pérez. Con diez años. ¡ Me los como!

martes, 6 de noviembre de 2012

Recordando

En el primer colegio donde estuve trabajando se llevaba mucho eso de hacer una recetita de paté, o de cualquier cosita que pudieses llevar al cole y se acompañase de unos picatostes y llevarla al cole para ponerte las botas a la hora del recreo. De premio teníamos,a veces, un vino casero que hacía uno de nuestros compañeros con las uvas que daban las vides de su terrenito, situado en la falda de un volcán.

Reconocedme que el plan, para el recreo, es la caña de la montaña.

Lo era.

Y un día alguien trajo un paté de palitos de surimi que estaba delicioso y ahí que empezamos, que si paté, que si vino, que si vino, que si paté.

Y cuando tocó el timbre para volver a las clases y me puse de pie me di cuenta de que a partir del segundo culín de vino, me había sobrado todo lo demás.

- ¡Uish qué malamente, oye!- dije, mientras me agarraba a la mesa.

- ¿Estás muy mal? ¿Te quieres ir a casa?- Me dijo la directora, entre risas.

- No, no, tengo música con un segundo y luego hora de trabajo personal, se me irá pasando- respondí, empezando a beber agua para rebajar el desastre.

Fui a la fila, recogí a los nenes que me tocaban, y de camino a la clase decidí que maldita las ganas que tenía yo de poner notas musicales en un pentagrama.

Lo que iba a tocar ese día, amores, era expresión corporal.

Cuando se lo dije a los niños ellos más que felices.

Cantamos y bailamos la canción del pirata.

Les enseñé una canción de animales que no conocían e imitamos a los animales. Y lo dimos todo imitando. La maestra también.

Versionamos la canción del pirata.

Tuvimos una hormiguita pequeñita en la patita. Luego en la patata, luego en le petete, luego en li pititi...

Volvimos a versionar la canción del pirata.

Y cuando, sudando y por fin habiendo eliminado el alcohol de mi sangre gracias al baile y a mi botella de agua me despedí de los chicos, se me acercó una nena regordeta y me dijo, mano en la tripa y entre jadeos:

- Maestra ¡¡¡LA MEJOR CLASE DE MI VIDA!!!


Y de la mía.