lunes, 16 de diciembre de 2013

Cualquier día me parten la cara

Tengo una amiga a la que veo muy poco. Pero es amiga de esa que te llama y lloráis juntas contando las penas. Ese es el nivel.

Comparto con mi amiga la desgracia de contar con una lengua viperina que, en ocasiones, va por otro lado aparte de lo que el sentido común dicta.

Tal es así que una de sus frases es:

- Lileth, cualquier día voy a soltar una que me van a partir la cara.

Pues hoy, entegando las notas en el cole la he tenido todo el rato en mente porque, además de que mi amiga también estaba hoy repartiendo notas a un colegio a muchos kilómetros de distancia, he pensado que un día de estos alguien va a tomarse a mal lo que le suelte y me va a partir la cara.

En mi cole se intentan hacer las cosas bien. Y mandamos nota a papi y mami para que sepan todo lo concerniente a lo que les interesa del cole. Por ejemplo, hace una semana justa se repartió un papelito donde se decía que hoy, de tal a tal hora, vamos a repartir suspensos como panes (las notas).

Además de eso, teniendo en cuenta que sé que algunos de mis papis y mamis trabajan a turnos, hace dos semana los nenes apuntaron en su agenda que hoy, de tal a tal hora, se reparten suspensos como panes.

Pues bien. Hoy, repito, HOY, me vienen como cuatro niños diciéndome que dice su madre que de tal hora a tal hora que no pueden. Que si puede ser antes (manda cojones).

- Que dice mi madre que a ella le viene bien a las tres y cuarto.
- Ya, cuando te recoge a ti del comedor.
- Claro.
- Pues dile que sí, que se venga a las tres y cuarto y me traiga un tupper con la comida... ¡Porque las maestras comemos! ¿Sabes? ¿O es que se cree tu madre que las maestras nacemos por las mañanas del parterre de la puerta?

Los niños, que ya me conocen, se parten.

Ante tantas peticiones digo que empiezo a repartir notas veinte minutos antes de la hora prevista. Y comienzo la mañana.

A las dos menos cinco, antes de tocar el timbre, se abre una de las puertas de la clase y me entra una madre. Tal cual. Con dos cojones.

Y con dos cojones la corto, la hago salir y le digo que se espere. Luego me quejo del hijo, que bastante debe tener.

- Que mira, que a las cuatro no puedo, que entro a trabajar.
- Ah, ¿estás trabajando? No lo sabía (mentira que es, os lo digo yo).
- Sí, y lo de las notas... Que es que el niño me lo dijo anoche.
- Ya, pues avisamos hace una semana por papel y hace dos por agenda.
- Uish, es que yo no le miro estas cosas.
- Ya me he dado cuenta.
- Ya, y las notas...
- Toma que te las de y santas pascuas.

(Se las doy en mano y le digo que la única queja es que el niño no trae jamás de los jamases los deberes hechos)

- ¿Cóoooooomo? Pues yo no me he enterado.
- Ya, si no miras la agenda, ni me coges el teléfono... Porque desde septiembre te he citado a tutoría cuatro veces. Y el niño ha llevado al menos una notita a la semana por la falta continuada de deberes.
- Vaya, es que por las tardes está con su padre y si él no mira la agenda...
- Pues mírasela tú, que el niño es de los dos.

Al final, ¿quién se llevó la bronca? El niño, claro.


Vuelvo al colegio a las tres y media de la tarde. Comenzábamos a las cuatro y me encuentro con que eso parece un servicio de urgencias en Nochebuena.

Me entra un padre, que tiene a su hijo igual que si lo hubiese abandonado. El chaval tiene una mente privilegiada y saca notazas.

- Ah, mira qué bien- Me dice la alegría de la huerta.- Porque la verdad es que no estoy mucho encima.
- No, si eso ya se nota.

Cualquier día me parten la cara.

Me entra una señora famosa por su morro torero, por su caradura, por lo pesada que es...El año pasado se hizo la tonta y cuando la mami responsable hizo recuento resultó que esta chica no había pagado veinte eurillos que habíamos puesto de cooperativa para los materiales de plástica y demás. Conseguimos que los pagase en este curso. En octubre.

- Mira, yo antes que nada te quería comentar una cosa.
- Dime.
- Que es que mi niña se ha quedado muy parada cuando no le habéis dado X cosa de lo de la cooperativa. Y mi niña se ha sentido súper mal, ¿sabes? y yo quería saber qué ha pasado porque no me ha parecido bien.
- Ains, es que eso lo repartió fulanita, espera que mire el listado... Uish, es que no me consta aquí que le hayáis pagado a la mami responsable.
- Lo hice.
- Pues se le habrá pasado apuntarte, ¿Cuándo fue?
- Hija, de lo que me llamaste, los veinte euros.
- Emmm, es que eso era de lo del año pasado, lo de este año no.
- Pero como lo he pagado este año...
- Con tu pago y el remanente del año pasado se ha comprado TODO el material para comenzar este año. Que si no nos plantábamos en noviembre sin materiales de plástica.
- Pues eso, que ya pagué este año.
- No, tú has pagado lo del año pasado este año, ¿o tu niña no tuvo materiales el año pasado? Claaaaro, porque los demás sí que lo habían pagado.
- Ya, es que ¿sabes? que ahora me quedo en paro...
- Mujer, eso es otra cosa, pero no me digas que has pagado una cosa que no, que me parece muy fuerte que me vengas pidiendo explicaciones de que a tu hija no se le ha dado el material X...  El material X vale 23 euros, así que negocio redondo que hubiera sido.

Cualquier día me parten la cara.

Y luego me vino la madre que parece que te quiere contar algo... Pero da rodeos, da rodeos, da rodeos... Hasta que le tengo que soltar:

- Bueno, que ya se lo he dicho, que todo sobres y notables, que la niña muy buena, que me deje pasar al siguiente que yo a las seis me marcho y como no tenga repartido todo voy a tener que dar las notas tirándolas al aire, como los Reyes Magos con los caramelos en la cabalgata, haga el favor...

A esto me entra un señor, sonriente, se viene directo hacia mi, me agarra por los brazos y me planta dos besos.

- Emmm, ¿Le conozco?
- No, no... Soy el padre de fulanito.
- Ah, qué susto, creí que era un acosador.

Cualquier día me parten la cara.

La última mami (inserten aquí veintitantas familias agradables y amables que son la verdadera tónica de mi clase) me deja patidifusa con su petición:

- ¿Le puedo dejar a mi hijo en la pizarra un mensaje escrito para que lo vea mañana?
- Emmm... ¿Vale?

Y va y lo escribe. Yo le corrijo una falta de ortografía.

Cualquier día, van y me parten la cara.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Este año, vuelta a la juventud

Después de que el curso pasado me lo pasase curándome del espanto de los dos cursos anteriores y comenzando (¡por fin!) el proyecto largamente aplazado de aprender inglés, llegó la hora de retomar los estudios. En plan serio, me refiero.

Y es que las reglas del juego han cambiado y ahora mi B1 de francés no es suficiente, así que me he decidido a retomar este idioma y me matriculé en cuarto de francés en la EOI. Y de segundo de inglés, ya que me gustó tanto el curso pasado.

Allá por comienzos de julio, delante de una merienda de esas de El Corte Inglés, mi madre me pregunta por la posibilidad de terminar esa licenciatura que tengo a pocas asignaturas de terminar en la UNED... Y me pica el gusanillo ella, y me anima el marido... Y heme aquí con seis maravillosas asignaturas de Pedagogía en mi plan de estudios. Estudiando. Feliz por ello.

Aparte de que evidentemente he tenido que sacrificar buena parte de mis momentos de ocio me encuentro que, cuando lo comento con mi entorno, el tema de retomar mis estudios es algo así como hablar de religión. La mitad de la gente está de acuerdo con que completar la formación es bueno para la carrera profesional y el desarrollo personal de cada uno, pero hay otra parte de gente, que opina algo así como que menudo horror, que vaya ganas, que yo no me meto en eso ni loco y bla bla bla.

Pues mira, cada cual con lo que le haga feliz.

La verdad es que pensaba que me estaba estancando en mi carrera personal y completar mi formación es el primer paso para seguir con mis planes.

Aprender cosas nuevas alimenta la mente, ¿qué más da que hablemos de aprender a cocinar dulces, comenzar una nueva carrera universitaria y tocar un instrumento? ¿Sois de mente inquieta?

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Colgando etiquetas

Siempre pensé que la cualidad que más admiraba en el ser humano era la sinceridad. Y lo digo en pasado. Porque me he dado cuenta de que si bien valoro muchísimo poder confiar en que lo que sale de boca de otra persona es verdad verdadera, mi escala real de valores va por otro lado.

Después, reflexionando, pensé que lo que más valoraba de alguien es la actitud frente al trabajo, la responsabilidad, el esfuerzo... Y sí pero no.

Definitivamente lo que valoro de los demás, lo que pienso que es más importante, es la bondad.

Veamos un ejemplo.

En el cole en el que trabajo desde el curso pasado el profesorado se caracteriza por la sensibilidad hacia el alumnado. Teniendo en cuenta que trabajamos con menores, algunos con serios problemas sociales, mentales, de salud física o todo a la vez, la implicación del profesorado es fundamental para que la acción educativa con los nenes llegue a buen término.

Este curso tenemos personal nuevo. 

Entre las nuevas incorporaciones hay un alumno cuyo grado de discapacidad mental, para que nos entendamos, ronda el 70%. Y, para que nos entendamos, hablamos de un nene de cursos superiores (edad de dos cifras) incapaz de seguir la fila desde el patio hasta la clase. Milagro es que asocie el timbre con la acción de ponerse en fila.

Además, por lo que podemos observar, la situación familiar del nene tampoco es la deseable, por suavizaros los comentarios acerca de la alimentación e higiene del chaval.

Pues bien, este chico ha tenido la tremenda suerte de coincidir con la única nueva incorporación del profesorado que parece tener una piedra por corazón.


Hace unos días nos fuimos de excursión. Con lo que mola.

Pero claro, este angelito, que cuando sale de hacer pis te lo encuentras desconcertado en el pasillo porque no sabe volver a clase, se sintió tan desvalido y desubicado en ese sitio extraño que, desconsoladamente, se puso a llorar.

Al ver la cara de fastidio de quién se tenía que estar haciendo cargo del tema, y conmovida de ver al crío con los mocos colgando, me acerqué pañuelo en mano con palabras y gestos de ánimo y consuelo.

La persona que considero debería haber estado haciendo lo que hacía yo me quitó del lado del chaval con un:

-Déjale que llore. Es un plasta, un pesado, un niño chico.

Estupefacta, me coloqué al lado de mis otros compañeros, con los que intercambié miradas de desánimo.

Mi compi, que tiene la capacidad de resolver cosas de tapadillo que a mi me falta, mandó a unas nenas cariñosas a animar al muchachito.

Mientras observaba esto pensé en lo fácil que resulta a veces etiquetar a la gente. Tú eres buena persona. Tú no.


Mi función primordial como maestra es enseñar. Mates, cono, lengua... Sin embargo, icuando aprobé las oposiciones y estaba en mi año de funcionario en prácticas, el inspector de educación que me supervisaba me dijo: 

- La forma de dar clase puede ser más o menos creativa, o tradicional, o efectiva... Pero no debes olvidar nunca que estás tratando con niños. Trátalos siempre como te gustaría que trataran a tus hijos.





lunes, 4 de noviembre de 2013

Esa cosa rara, a la que llaman tiempo

Tengo una amiga que ha puesto un bar. Con unos socios. Y le va bastante bien.

Resulta que la despidieron de su anterior trabajo y, a través de unos contactos, se enteró de que buscaban gente para montar algo y se arriesgó. Se arriesgó ella y arriesgó todo su dinero. Una valiente.

Quizá con lo que no contaba, supongo, fue con los horarios tan puñeteros que tiene la hostelería cuando eres parte del negocio, no un asalariado sin más. Así que me comentaba hace poco, aflijida, que su vida se reducía a comer, dormir y trabajar.

- Toma, como la mía, si le añades estudiar.- Respondí yo.

Entre la crisis que se alarga como un chicle pegajoso y que me he puesto a estudiar como si no hubiese mañana tengo los días dedicados a estar en casa y poner mi culo de la 36-38 (sí, he seguido adelgazando) a reposar sobre la silla de estudio.

Estuve unos cuantos días preguntándome si es que yo le pido poco a la vida o es que otra gente le pide mucho. Ojo, no es que lo único que haga sea estudiar. Leo, hablo con amigos y amigas, doy algún paseo, veo series, pelis... Vaya, que tengo mis ratitos de ocio, de esos que llenan.

Mi amiga se quejaba de que ningún viaje ni salida especial ni nada de nada de nada de eso. Y yo aquí, conformándome de buen grado con mi sábado de sofá, mantita y peli.

¿Pido poco?


Con respecto al estudio... Gracias al apoyo familiar en lo moral y económico (estudiar se ha vuelto algo de pudientes, mi matrícula de la universidad tiene un precio escandaloso para tratarse de seis asignaturas) me he decidido a retomar y continuar estudios, con lo cual estoy en la UNED con las asignaturas que tengo colgadas para la licenciatura en Pedagogía, y sigo en la Escuela Oficial de Idiomas con el francés y el inglés.

Y es que, en parte lo hago por gusto, pero además me puede reportar otras ventajas laborales que, Wert mediante, me pueden ayudar en según qué circunstancias.





miércoles, 16 de octubre de 2013

Libre de pecado

Tengo la suerte de estar este curso trabajando en el mismo colegio del curso pasado.

¿Os imagináis un trabajo a cinco minutos de reloj de casa donde te sientes a gusto y valorado, donde se fomenta tu creatividad y donde tus aportaciones son un valor añadido a las iniciativas de tus compañeros?

En esas ando.

Este curso, a mis chicos del año pasado se me han unido tres nuevas almas. Un repetidor desmotivado y una pareja de hijos de la emigración por la crisis. Buenos fichajes de comportamiento y actitud excelentes. 

Con este buen ambiente, ya hemos hecho la primera excursión de la temporada. Cerquita. Cultural. Que nos salga barata y aprovechemos los recursos que ofrecen gratis instituciones culturales, porque la crisis ya entró de lleno en mi clase y dos tristes euros son un desembolso muy importante.

Así que allí nos plantamos, tres maestras y cincuenta niños. En la capital. En esa Huelva que tan mala prensa tiene por su polo químico, la ministra de economía de tan buenas ideas y otras lindezas.

Y es que al onubense de pro se le llena la boca hablando de las balsas de fosfoyesos, de refinerías y de chimeneas... De la contaminación, de bla bla bla bla.

Y como eso es muy feo nos llevamos a los chicos a un barrio muy famoso de la capital; histórico, protegido. Y sucio y lleno de papeles y mierdas de perro de tal forma que los chavales se quejaban con razón del olor y de que se les comían las moscas.

A la hora del desayuno nos fuimos a una plaza protegida del tráfico, donde el mobiliario urbano roto y lleno de pintadas dejó a mis alumnos desayunando el el suelo evitando, una vez más, las caquitas de animales que se se esparcían por doquier.

Genial.

Después nos fuimos al Museo. Un museo que recibe un número de visitas de ciudadanos irrisorio y ridículo, según me contaron los responsables.

Al terminar, mientras nos recogía el bus que nos debía traer de vuelta al cole, nos fuimos a otra plaza donde los perros hacían cositas fuera del vallado que acotaba la zona de pipís y caquitas.

Es más, una señora muy bien vestida nos puso muy mala cara cuando las maestras le pedimos que no tuviese el perro suelto puesto que era peligroso con tanto niño corriendo.

Echamos media horita preguntándonos el porqué de tanta suciedad, tanto papel, tanta botella y vaso de plástico, tanto olor a pis, tanta mierda seca en el suelo.


Y es que ... El Ayuntamiento de Huelva lo hace todo fatal... ¿A que sí? Mira que no limpiar las calles... Mira que no arreglar el mobiliario urbano... Mira que...

Mira qué imbécil es la gente que pone a cagar a sus perritos en cualquier sitio, que tira los papeles al suelo, que no usa las papeleras y que desaprovecha los recursos que sí tenemos en nuestra tierra. Mira qué fácil es echar balones fuera cuando el ciudadano de a pie es el que pone a su perrito a hacer caquitas donde no debe y tira el papel al suelo.

Así que, como en este caso estoy totalmente libre de pecado (No estropeo el mobiliario urbano, no tengo perritos que ensucien, no tiro papelitos o basuras donde y cuando no se debe...) tiro la primera piedra. Y espero que vengan muchas más porque me niego a creer que nadie más se ha dado cuenta de esto en mi ciudad.

Amar a tu tierra es algo más que alzar la voz contra los grandes problemas. Querer al entorno es un cúmulo de cositas que empiezan por el civismo, por no hacer el vándalo y seguir los dictados de algo tan simpre como la buena educación.

Yo para mi Huelva querría menos aspavientos y golpes de pecho y más granitos de arena.

sábado, 3 de agosto de 2013

Yo no era curvy, yo estaba gorda

De un tiempo a esta parte está muy de moda usar ciertos eufemismos. Una persona no es vieja, es anciana; no envejeces, maduras. No estás gorda, eres una chica con curvas.

¿Perdoooooona? 

Siempre he sido una chica con curvas. Mi constitución es muy femenina y, desde los trece años, luzco un cuerpo con una formas muy rotundas. Mi peso siempre estuvo en torno a los 52 o 53 kilos. Y tenía curvas. Y midiendo 163cm puedo asegurar que estaba de todo, menos gorda. ¿El concepto hasta aquí queda claro? Curvas no es lo mismo que tener sobrepeso.

Mi peso osciló siempre entre los 47kg de cuando estuve demasiado delgada (involuntariamente) hasta los 57 de verme gordísima.

Pero hace once años la historia cambió. De llevar una vida naturalmente activa de juventud, pasé a estar sentada muchas horas al día estudiando oposiciones. Muchas.

Salía de una experiencia laboral horrible y aleccionadora, donde aprendí que la jornada partida no iba conmigo y que la posibilidad de trabajar de maestra era LA opción. Así que durante los dos primeros años me pasé estudiando unas once horas diarias de media. Cualquier opositor que me lea sabe que es verdad.

Y oye, qué hambre da estudiar. Y qué nerviosa se pone una con las oposiciones, y qué rica está la comida. Las galletas. La Nocilla. La leche condensada. Todo. A mi los nervios me daban por comer. Y yo comía mucho. Y esas ensaladas con salsa, con su vinagre balsámico. Esas ensaladas de millones de calorías. Y las pizzas. Y la pasta gratinada. Me encanta comer.

Cuando se estudian unas oposiciones, y no tienes otra actividad, ni trabajas ni tienes vida social, solamente tienes dos looks. El de estudiar, consistente en chandal y pijama, y la ropa que te pones para ir a la academia.

Yo me tiré un par de años con unos Lee comodísimos en color gris oscuro, y me lo ponía con un vestido de Zara de punto que cubría todo, todo y todo. Y era muy elástico. Y daba de sí a la misma vez que mi cuerpo crecía a lo ancho.

Con esos estilismos cambias de talla y no te enteras. Y si alguna vez te das cuenta te da igual, porque sólo ves la meta, la plaza, los exámenes. Procastinas.

Los años en que no había oposiciones me dedicaba a hacerme cursos, sacarme asignaturas en la UNED... A estar sentada.

Estaba engordando y yo estaba mirando a los apuntes, no al espejo que me decía, ¡cuidado! Porque cuando miras a otro lado los problemas desaparecen, ¿a que sí?

Cuando tenía que comprarme ropa me compraba una talla más. Y punto. De la 36 a la 38. De la 38 a la 40. De la 40 a la 42. Y de la 42 a la 42 grandota. Que no lo vi un problema. Porque yo estaba opositando, poniendo mi piso, haciendo el año de prácticas, casándome (para lo que perdí unos kilos que volví a poner a los pocos meses) y lidiando con la crisis. 

Sí, yo miraba al espejo y sabía que estaba gorda. Calculo que llegué a rondar los 70 kilos. ¿Hacemos la resta? 70 menos 53 dan la friolera de 17 kilos. Diecisiete kilos de más.

Os estoy hablando de un transcurso de diez años. Diez años comiendo bastante más de lo que mi cuerpo necesitaba debido a la poca actividad que tenía.

Una, que siempre fue muy llamativa, dejó de recibir piropos y miradas por la calle. Me volví invisible. Yo me decía "Lileth, es normal, tienes treinta y tantos, ya no interesas". Y dejé de hacerme fotos, porque me veía fatal en todas. Cuando iba de compras me quejaba del tallaje minúsculo de las tiendas. He llorado en los probadores, y he seguido con mi vida. Lamentándome de mi misma, claro. Porque la comida salía volando a meterse a la fuerza en mi boca, claro. Porque yo no engordé por problemas de tiroides, ni por medicaciones. Nada de eso. Yo he engordado porque me he pasado comiendo.

Durante estos diez años mucha gente me dijo que estaba gorda. Mi madre, mi hermana, alguna conocida, mi marido cuando le presionaba ("Es verdad que no estás en tu mejor momento físico")... Cuando en tu entorno te dicen que estás gorda solamente lo hacen con dos matices: O se meten contigo (¿Esa es tu barriga? ¡Parece que estás embarazada!) o te lo dicen con pena. En el mejor de los casos, el tema de mi gordura se ignoraba como un tabú vergonzoso alrededor del cual se caminaba de puntillas. 

Pero en estos diez años nadie, nadie, nadie, habló clara y llanamente conmigo. Sin dramas. Nadie se ofreció a acompañarme o guiarme en la terrible tarea de perder peso. Perder peso de forma sana y sin atajos. Porque perder peso es muy duro, muy difícil y un proceso muy largo. Y, sobre, todo, porque lo de perder peso tenía que decidirlo yo, no un comité de amigos y familiares hartos de mis lorzas.

El pasado enero pedí ayuda. Había dejado de pesarme y notaba cómo la ropa que me compré en octubre en diciembre ya no me valía. Decidí que ya estaba bien de lamentarme y que era la hora de hacerme responsable de mí misma. Desde Navidad comencé a comer menos y, cuando me atreví a pesarme, rozaba los 68 kilos.

Pedí ayuda a mi marido que entiende de dietas y de salud. Os digo que sin su ayuda no hubiera sido posible. Él me puso una dieta normocalórica equilibrada. 

Como en todas las dietas, al principio perdí peso deprisa y luego he tenido momentos en los que me he estancado. Me he agobiado, me he saltado la dieta y la he vuelto a retomar. Llevo así desde el 26 de enero.

Últimamente tengo un grupo de Facebook con amigas, donde comentamos nuestras dudas, miedos, bajonas, progresos, logros... En esto de perder peso. No sabéis lo que me ha ayudado. Perder peso en soledad es muy duro, porque la gente te dice gorda a la cara pero te pone cara rara cuando dices que no vas a ir a cenar o a tomar copas.

Hoy, peso 59,4 kg. Uso una talla 38-40, según la prenda y la tienda. Siento que estoy a mitad de camino. 

Por la calle vuelvo a ser visible. La gente me mira, recibo piropos de mejor o peor gusto. Y empieza a gustarme la imagen que me devuelve el espejo.

Y eso es lo importante.

Señores, yo estaba gorda. GORDA. Que da mucho miedo la palabra.

Y sí, hay gente gorda que es muy guapa. Y hay gente gorda que está muy fea. Y hay gente delgada que tiene un cuerpo horrible. Y hay gente gorda que tiene una cara monísima y un cuerpo que no acompaña. Pero... ¿Conocéis a alguien que diga "jo, cómo me gustaría ganar veinte kilos"? Si se parte de un peso normal no. Claro.

Que si te sobran veinte kilos, estás sano y eres feliz adelante. Pero si no estás al cien por cien contento o contenta estás tardando. Asume que estás gordo, deja de autocompadecerte y justificarte y asume tu responsabilidad. No tengas miedo a decir "estoy gordo". Porque los problemas con nombre son menos problemas. A un enemigo con nombre es posible atacarle.

Busca ayuda si la necesitas, y no te marques una fecha límite. Márcate objetivos.

Mi pérdida de peso es mi segundo proceso de oposiciones. Es una carrera de fondo, un trabajo diario en el que espero conseguir éxito. En ello estoy.

domingo, 28 de julio de 2013

Los años perdidos

Para un maestro, al menos para los maestros con los que me he codeado y me codeo, un curso escolar es una oportunidad de aprendizaje profesional. Nuestro trabajo tiene unos ciclos muy marcados, con planificaciones al principio y evaluaciones de nuestro propio trabajo al final. Un trabajo que se presta mucho a reflexionar y, por tanto, a aprender. Y aprendemos de todo.

Del directo con los alumnos, con personas que cambian, que te suponen un reto solamente por el hecho de ser diferentes y únicos. Las situaciones cotidianas, tan similares a las de todos los cursos y tan diferentes a la vez, que te hacen replantearte tu forma de hacer las cosas, hacer pequeñas adaptaciones para que todo funcione bien.

De compañeros, de los que vas cogiendo esas cosas que ves, que funcionan, que te gustan... Hasta que las haces tuyas y las usas. Una metodología, una forma de usar la mano izquierda con los alumnos conflictivos, una ficha de registro de la habilidad lectora...

De Los proyectos. Esos que pones en marcha porque te motivan, los que tú mismo inventas, diseñas, coordinas... A nivel de clase o de centro. Y los proyectos de ese colegio donde trabajas, que terminan gustándome tanto que los pones en marcha en tu nuevo colegio.

Y así me acuerdo de una compañera que me dijo, al terminar un curso muy malo, en un colegio muy malo:

- Para mi, este curso ha sido un año perdido. No he aprendido nada, no me he enriquecido con nada, no he puesto en práctica nada.


Qué suerte tengo que, aunque he tenido años malos, esto no me ha pasado nunca.


sábado, 6 de julio de 2013

Óscar

Yo fui al instituto del barrio. Cerquita, nuevo, grande.

Empecé primero de BUP en una clase donde no conocía a casi nadie, un año en que las mallas de colores eran lo más de lo más y quien tenía un radiocasete de doble pletina tenía un tesoro. Principios de los noventa, un horror de estilismos.

De todas las clases que había de primero de BUP, Óscar cayó en la mía. Era alto y desgarbado, vestía  siempre de negro con camiseta de grupos musicales y tenía el pelo, negro negrísimo, de punta. Ah, y era jevi hasta la médula. 

En el pasillo de mi clase había unos huecos donde nos metíamos varios alumnos. Una chica alta de larguísimo pelo rubio que tapaba su tremendo acné con capas y capas de maquillaje, una barbie de rizos teñidos que había repetido como mil veces y que usaba unos minishorts minúsculos y una chica muy gorda que era la más guapa con diferencia pero que no tenía ni idea de ello, y Óscar con sus camisetas de calaveras. Poníamos Guns and roses con un walkman y hablábamos durante días acerca de cuál de las versiones de "Don't cry" era mejor, si la de Use your illusion I o la de Use your illusion II. La del uno, por supuesto.

Óscar siempre estaba sonriendo, era un tío feliz, y enseñaba sus dientes separados en todo momento, para irritación de la tutora amargada de la vida que tuvimos ese año. 

Cambiaron a Óscar de instituto a mitad de curso.

Y nunca le volví a ver. Menuda amistad se perdió.


jueves, 27 de junio de 2013

Mil puñetitas al día

Cosas que Lileth detesta (sin un orden concreto):

- La gente que no cruza por el paso de peatones.
- El sol en invierno.
- La lechuga iceberg.
- El ruido.
- Los pintauñas a los que se le separan los componentes, y te los ves con un aceitillo por un lado y el color por otro.
- Ordenar el cajón de los calcetines.
- Las reuniones con demasiada gente. 
- Las manchas en el albornoz blanco.
- Que el boli escupa tinta.
- Los coches que se saltan un ceda al paso.
- La impuntualidad.
- Que se me caiga el pelo.
- Las carrilleras. Peor si les han dejado el hueso.
- La comida con grasa.
- La mayoría de pescados grandes.
- El viento fuerte en la playa.
- El viento fuerte en mis oídos.
- Acabar un libro que me está gustando mucho.
- Manchar la almohada la noche después de teñirme.
- El dolor de garganta.
- Sacar la basura.
- Ir a lavar el coche.
- Los programas de televisión con niños haciendo cosas de adultos.
- El té caliente.

Nota: lista no completa.

domingo, 23 de junio de 2013

Las hamburguesas son pequeñas, grandes las enseñanzas

En la fiesta de mi cole, como en todas las fiestas de colegio, pusieron una barra. Podíamos comprar bebidas, pinchitos, hamburguesas...

Los chicos habían sido advertidos y casi todos traían un par de euros para poder tomar algo, donados por papá o mamá. En otros casos era una abuela orgullosa de ver bailar a su nieto quien abría el monedero ara subvencionar unos refrescos a la chiquillería. Algunos padres protestaban porque la cerveza era sin alcohol.

Las maestras también tenemos hambre. Unas más que otras. Así que me fui a la barra y me pedí una fanta y una hamburguesa. Me dieron una tamaño mini, porque era lo que había. Me la quedé mirando con pena, porque eso a mi me iba a durar dos bocados.

Buscando un sitio apartado para comerme aquello con tranquilidad me encuentro con el psicólogo de peces, que también lleva comida entre manos.

- Ey, ponte aquí conmigo, comamos juntos.

- No puedo, tengo que enseñarle la comida al maestro para que vea que me he gastado lo que me ha dado en la comida, ¿lo has visto?

- No, hace mucho rato que no veo a tu maestro. Come conmigo y yo soy testigo de que te has gastado bien el dinero, anda, yo se lo digo a tu maestro.

Nos sentamos juntos y le ayudo a echarle mayonesa y ketchup a la mini hamburguesa porque le cuesta hacerse con el sobrecito, y le gusta sentirse cuidado.

- Esta hamburguesa es pequeñísima.

- Es verdad. Todas son así.

Observo de reojo su ceño fruncido. Y su cuerpo más pequeño de lo que debería ser en un niño de su edad.

- No te agobies. Si te quedas con hambre te invito a hamburguesas y refrescos hasta que te quedes harto.

Levanta la mirada y me mira a la cara con atención.

- De verdad que sí. Come, que si quieres más ahora yo te invito. ¿A qué están ricas?

Se termina en silencio la micro hamburguesa.

- En el sitio donde vivo los chicos dicen que los maestros no quieren a los alumnos. Pero yo SÉ que no es verdad.

Sorbe su fanta. Mira al patio, donde un grupo de mis compañeros, maestros y maestras, bromea con otros alumnos. Se vuelve y me manda una mirada limpia.


Misión cumplida. Doy por terminado el curso 2012-2013.

lunes, 17 de junio de 2013

San Google

No sé si le pasa a todo docente, o soy yo la tonta que se mete en mil fregados que, cuando llega junio, voy por el colegio como pollo sin cabeza acudiendo a una cosa y a otra. A todo digo que sí y al final estoy llevando mil proyectos para adelante, los propios y la mano que echo en los ajenos.

En uno de estos paseos que me pego por el colegio me paran cinco alumnas de sexto. Que ya han vuelto de excursión, que tienen un pie en el instituto y que hace un par de meses comenzaron a depilarse las piernas.

- Maestra, ven que te vamos a contar un chiste.

- Venga, pero deprisa, que tengo clase.

- ¿En qué se parecen la sacarina y un hombre que se ha operado de la vasectomía?

- ... - En vista de cómo comienza el chiste... No me atrevo ni a respirar.

- En que los dos endulzan, pero no engordan.

- Esto... ¿Vosotras sabéis qué es una vasectomía?

- Pues... Como una reducción de estómago, ¿no?

- Más o menos. Me voy, que tengo clase.


A la salida del colegio, en la calle, me aborda el grupito muerto de risa. 

- ¡Maestraaaaaaaa! ¡Maestraaaa! ¡Que ya sabemos lo que es la vasectomía! Que lo hemos buscado en el Google del móvil de ésta. ¡Y no era una reducción de estómago!


Menos mal, pensé que lo iba a tener que explicar. 

martes, 11 de junio de 2013

De leones y peces

La primera vez que me hablaron de este chico me pusieron el cuerpo malo. A mi y al compañero que iba a recibirlo en su tutoría. 

Que te digan que viene al colegio un delincuente declarado te acojona aunque el susodicho apenas levante del suelo.


Le conozco de verle por el pasillo. Y de haber sustituido un par de veces en su clase. Y de aquella vez que lo tuve que sacar de la pista de baloncesto porque estaba peleándome con otro crío y casi me llevo una dentellada. Tengo reflejos.

Y es que cuando te has criado sufriendo los abusos más horribles de tu propia familia te acostumbras a que, cuando te agarran, algo muy malo te va a pasar. Si te inmovilizan los brazos y las piernas debes tenerlas en el suelo, soltar un bocado es algo lógico.

El león no era tan fiero como nos lo pintaron, pero tiene mucho mundo, y un equipaje muy pesado que pasea de centro de acogida en centro de acogida. Porque claro, el león es un niño mono, pero ya no es un bebé, y la gente que busca adoptar o acoger a un niño va pensando en un bebé y no en un león que en unos años, pocos, pasa al instituto. Al león no lo va a querer nadie, y él lo sabe.

Hoy he salido al patio y allí estaba. Castigado. Enfurruñado. Mudo.

Me he sentado a su lado, y aunque me esfuerzo no me quiere contar qué ha pasado.

- Adivina qué es lo primero que hago por las mañanas al levantarme. No lo vas a adivinar en la vida. Te doy tres oportunidades.

El león, de reojo, me mira.

- Venga, va, verás que no sabes.

- Desayunar.
- No.
- Mear.
- Tampoco.
- No sé. 
- Dar de comer a mis "pescaos".

Me mira fugazmente y sonríe.

- Tengo cuatro. Uno, de color amarillo, se llama Diazepam. Otro, negro, se llama Larry Bird. El otro es naranja, y creímos una vez que se moría, porque se escapó... Y no sabemos si llamarle Houdini o Buscapina. El último es pequeñito, blanco y con una mancha naranja. Se llama Burbujito.

- Ese nombre sí que me gusta.

- Pues a Burbujito le encanta esconderse. Detrás de una plantita, debajo de un tronco. A veces nos asustamos, porque miramos la pecera y parece que no está. Pero de pronto se asoma y vemos que está escondido.

- Eso es que tiene miedo.

- ¿Miedo?

- Claro. Como es el más pequeño se esconde por miedo. ¿Tus has visto si los demás "pescaos" le hacen algo malo? 

- No, que yo sepa.

- Pues tú mira bien. Se esconde por miedo, porque es pequeño y no sabe defenderse. Si fuese grande o fuerte no le podrían hacer nada, porque puede defenderse, pero como es chico y no puede se esconde. Estate atenta, porque si los demás le hacen daño, lo puedes proteger.

Y se vuelve. Y me mira.


Y ya está todo dicho.

sábado, 8 de junio de 2013

Cosas que he aprendido

Cosas que no sabía con 22 años, y ahora sé

- Se me da genial, y me encanta, vivir sola.
- La estadística no es lo mío. Medianas, medias, modas... Fatal todo eso aunque me esfuerce.
- La verdura, bien preparada y tal, está rica.
- Adelgazar es muy difícil. Engordar es tremendamente fácil.
- Sí que es necesario, y requetechuli, tener una colección de potis. Las barras de labios que tengas nunca son suficientes.
- Soy una Master del Universo cocinando pasta. Y musaka. 
- No me entusiasma viajar. Al menos no mucho después de haber vivido dos años pegada a una maleta.
- Dormir en un aeropuerto es fácil. En un hospital, no.
- Volar, en aviones, es aburrido e incomodísimo.
- Ver a tus amigos tener hijos es emocionante. En todos los sentidos buenos que tiene esa palabra.
- El deporte mola.
- Me gusta estudiar por gusto, porque sí, por aprender.




Cosas que sabía con 22 años y ahora sé que no son verdad

- El tiempo pone a todo el mundo en su lugar. Mentira.
- El esfuerzo tiene su recompensa. Mentira.
- Ser bueno es lo que mola. Mentira. 


martes, 28 de mayo de 2013

Por aquí no paso

Hoy se lo he dicho a mis alumnos. Tal cual y en plan de "yo voy a dar mi opinión por muy subjetiva que esta sea". Total, sospecho que a mi libertades de cátedra y de expresión les quedan poco tiempo y las quiero aprovechar.

- Yo no confío en la justicia.

Eso he dicho.

- Y, ¿por qué, maestra?
- Porque hay mucha gente en la cárcel que no ha hecho cosas tan malas y hay mucha gente libre que ha hecho muchas cosas malas. No confío en la justicia.


Y no lo hago. En la de los jueces. En la de los tribunales. Pero mientras la justicia dependa de mi voy a poner todo de mi parte.

Hay un alumno en mi cole, pequeño y juguetón. Tiene ocho años, el pelillo largo y unos padres que ya no eran jóvenes cuando lo tuvieron, que colman de mimos y cariño la juventud del princeso.

El princeso toma bocatas de nocilla y zumitos con pajita. Y tiene toda una corte de amiguitos y amiguitas para jugar en el patio de recreo, su reino media hora cada día.


Como en todos los cuentos aquí también hay un ogro. El ogro le saca dos cabezas al princeso y ha aprendido que, entre bocatas, zumitos y mimos de mamá, el princeso nunca tuvo que hacer frente a abusones. El princeso está indefenso.

- Mira qué suerte- pensó el ogro- con lo que a mi me gusta acorralar a princesos en los baños, dar patadas y arrojar zumitos y bocatas de nocilla por encima de la verja del cole. ¡Y no se atreverá a enfrentarse a mi! ¿Quién querría jugar inocentemente en el recreo pudiendo aterrorizar a un peque?

Y así estuvo el ogro, campando a sus anchas, hasta que su hada maestra (una de mis compañeras) sumó dos y dos y se dio cuenta de todo. Y se vigiló y se cogió al ogro con las manos en la masa. 

Y ocurrió que el princeso encontró el apoyo de todo un grupo de profesores que puso en marcha una cosa que se llama "protocolo contra el acoso escolar". 

Y ocurrió que los papis del ogro montaron en cólera y están teniendo unas reacciones muy chungas. De esas que las piensas y te explicas que la gente críe a niños-ogro.

Y ocurrió que los maestros y las maestras del cole, pese a ogros y princesos, siguen teniendo muy claro lo que es justo y lo que no. Cuando haces daño, sabiendo además que estás haciendo daño, te mereces un castigo que evite que puedas seguir haciéndolo.


No al acoso, de ningún tipo.

sábado, 6 de abril de 2013

El estrés y la relativa importancia de las cosas

A veces ocurre que, a mediados de curso, es necesario cambiar de colegio a un crío. Y a veces ocurre, como ha sido el caso de mi clase, en que tres alumnos llegan a destiempo, uno a mitad del primer trimestre y dos en pleno segundo trimestre.

Mi colegio, que entra en el radio de acción de varios colegios de esos muy buenos llamados "de pago", está recibiendo una auténtica avalancha de niños y niñas nuevos cuyos padres no solamente se están dando cuenta de que con el tema de la crisis un colegio así sale muy caro, sino que además se están dando cuenta que en los colegios que nos rodean, ese dinero está muy mal invertido.

Con mucho tiento me habló el equipo directivo de esta incorporación, puesto que era un caso un tanto delicado. El cambio de colegio se hacía debido al intenso estrés de este alumno/a, a la presión recibida hacia el estudio y a las consecuencias en forma de dolencias psíquicas y físicas que este estado de acoso puede provocar en una persona de diez años.

Y llegó el día en que tuve que poner en clase una mesa y una sillita más. Y bendita la hora. Cien mil alumnos más así querría yo tener a lo largo de mi vida laboral. Atención y participación en clase, interés por relacionarse con compañeros y compañeras...


Y unos padres encantadores a los que comenté que no se les iba a repetir lo de trasnochar haciendo deberes, porque la menda es poco amiga de eso. Que cada cosa a su tiempo y que la infancia es para jugar en el parque.

Porque sí, mando deberes, pero calculo que los chiquillos no estén más de una hora en casa liados, porque salimos todos perdiendo. Y donde hay que dar el callo es en clase y punto.


Y parecía que mi nueva incorporación estaba totalmente desintoxicada de malos rollos. Hasta que el otro día mandé para casa una fotocopia de la v. De ortografía, de esas de rellenar huequitos con la letra correcta y hacer luego una frase del tipo "Mi padre pesca lubinas en la orilla del río".

Y va a la incorporación nueva en el aula y se le olvida la ficha en casa.

Yo de esto me di cuenta más tarde, cuando conseguí leer los labios de esta persona que, sin color alguno en el rostro y retorciéndose las manos, me contaba entre susurros y con la mirada baja que no sabía qué había podido pasar, pero que la fotocopia no estaba en su mochila.

- Bueno, muchacha, intenta corregirla con tu compañera y me la traes mañana, que te la pueda mirar.

Cuando veo que pasa la reacción de miedo extremo, que la chavala coge confianza y color como para volver a levantar la mano en clase la llamo a parte y me la saco al pasillo.

- A ver, chica, que sea la última vez que te preocupas de esta forma en clase. Olvidar una ficha de los deberes no es tan grave, te quedas sin poder corregirla y me la tienes que traer mañana. Punto. ¿Lo peor que te puede pasar? Que te apunte un negativo, pero en tu caso que siempre traes hecho todo mi lo tendría en cuenta para las notas, así que no le des más importancia de la que tiene, que es un descuido puntual.

- Es que si me pasaba esto en el otro colegio me dejaban sin comer.

- Pues eso no te va a pasar más, porque incluso cuando dejo a alguien sin recreo antes del castigo lo que se hace es comer.


Veo cómo la chica tiene los ojos brillantes.

De vuelta al pupitre se le escapa una lagrimilla.

Se sienta, me mira y me sonríe tímidamente. Le devuelvo la sonrisa y digo:

- Venga, vamos a hacer un dictado.