A mi me hace falta un yoyó
Hoy he estirado el lunes bastante más allá de lo que pensé que se podía estirar. Por la mañana he tirado del carro con los peques, intentando que el tedio de lunes no los dejase sin avanzar; ninguna heroicidad, como todos los días. Los niños han avanzado lo justo; ninguna novedad, lo de todos los días. He recibido, por teléfono, una mala noticia tras otra. Ya os vale. He subido y bajado escaleras, llamado a mamás de niños que se habían puesto enfermos para que viniesen a buscarlos y he visto, impotente, cómo un crío de seis años caía de bruces y se abría la cabeza a escasos cinco metros de mí. Conseguí llevarlo al botiquín entre palabras tranquilizadoras ignorando el hecho de que chorreaba sangre, y que a mi esas cosas suelen marearme. Para más disfrute, durante toda la mañana me han tosido encima y durante el recreo alguien con una dieta Dukan muy estricta me ha estado hablando. Y yo oliendo. Conseguí colocarme a contraviento, con mucho trabajo. Pero el mal ya estaba hecho...