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Alguien vendrá, que bueno te hará

Tengo una compañera en el trabajo, M,  que dió a luz hace menos de un año. Una niña. Una monada, por las fotos. Esta chica, por lo que ella nos cuenta, tuvo un embarazo de esos de "para olvidar". Nueve meses tumbada sin moverse y comiendo sin parar para luchar contra las náuseas imposibles que venían cuando tenía el estómago vacío. ¿Resultado? Veinte kilos de más. Y todos en la tripa y las cartucheras. El otro día una compañera, I, aparece con una bolsa de la que saca un mono de punto de algodón. En un color topo y con una bonita caída. I- Esto, que se lo traigo a M, que me lo encargó. Yo, de espectadora. Pero L se va a por el mono. L- ¿Esto es para M? - Arquea una ceja- ¿Y qué talla es? - Sonríe al ver la M- Pues se va a poner uno de estos en cada pata, ¿no? Porque bien alimentada que está la señora. Desde el otro día, cuando pienso que soy cruel, me acuerdo del tono de voz de L y me reconcilio conmigo misma.

¡No me lo puedo creer! (O de cómo he tenido un momento surrealista a primera hora de la mañana)

Reconozco que no hice magisterio por vocación. Yo tiraba más a carrera de ciencias. Yo quería ser, la verdad, bióloga. Pero de esas que terminan haciendo cosas en el laboratorio y tal, y tal vez descubrir algo con el microscopio. Pero ni me dió el coco, ni la oferta de carreras de mi ciudad ni el idealismo de los principios de la juventud. Así que terminé en magisterio porque tampoco había nada más que me gustase después de salir despavorida de geología y sus clases de cinco horas de matemáticas. Historia siempre me pareció un peñazo, filología inglesa para qué, si soy de francés, estudiar derecho ni amarrada, las carreras de ciencias purísimas descartadas y enfermeria ni me lo planteé porque no solamente es que sea aprensiva, es que me da un asco tremendo todo lo que tenga que ver con el cuerpo humano. Todo. Por eso, magisterio. Al padre de mi J lo operaron la semana pasada. Me advirtió del hecho no porque tengamos una gran amistad, sino porque la niña iba a estar sin veni...

Luego pasa lo que pasa, que los niños te salen desequilibrados perdidos

No recuerdo qué día fue, si el jueves o el viernes. Mientras me encaminaba hacia el coche, me paré a hablar con una señora, mamá de una niña a la que le doy clase (relleno mi horario con otra clase) y a la que me entran ganas de atar a la silla, de lo "inquieta" que es. La madre iba protestando de su retoño y me solidaricé con ella: - Anda que no es inquieta su niña. - ¡BBBBBBBBBBBBUUUUUUFFFFFFFF! ¡ESTO ES HORROROSO!- La gente de los pueblos, y de ciertos ambientes, suele hablar tremendamente alto. - Desde luego, cuando llegue la noche estará usted para tomarse una valeriana. - ¿QUÉ DICES VALERIANA NI VALERIANA? ¡YO LO MÍNIMO QUE ME TOMO POR LA NOCHE ES UN VALIUM 50! Lo mínimo. Pues eso.

Retazos de conversación.

Ayer, alguien me dijo: .- "Yo antes estaba gorda, pesaba sesenta kilos". Y se quedó tan pancha.