miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mi alumno, el raro

Todos conocemos a alguien que es muy raro.

- Ains, oye, Fulanito, qué raro es.- Decimos.

Pues bien, quizá os suene raro pero ese adulto raro que conocéis, de niño, era también un raro. Quiero decir, uno no es un niño normal, feliz de mancharse los pantalones tirándose al suelo en la plaza y sufre una metamorfosis durante la adolescencia que los convierte en el adulto raro que tenéis en la familia, o como compañero de trabajo. El raro nace, no se hace.

Y yo, señores, tengo un niño raro en mi clase.

Reflexionaba yo, idealizando, acerca de esto durante el verano pasado (verano que me he tirado poniéndome morena en la playa, bañándome en el mar y lamiendo mis heridas como he podido, mal que le pese a algunos), e intentaba autoconvencerme de que no hay niños raros, y tal.

Pues el diez de septiembre, cinco minutos antes de las nueve de la mañana, mi alumno vino a dejarme claro que el sobrenombre que le tengo puesto no es nada despectivo, sino justo y acertado. Para mi alivio, todo sea dicho.

Porque a ver, hago un inciso, yo siempre he sido muy de plantar etiquetas: Tú, la fea, tú, el que se muerde las uñas, tú la inútil social... Pero eso de trabajar con niños parece que te abre la mente y te ablanda el corazoncito y hace que cada día te plantees de una forma diferente las cosas; y las etiquetas es algo que estoy intentando evitar a toda costa. Y si las pongo, las pongo de puertas para adentro porque luego, sin querer, hago de modelo de mis alumnos y no es plan de que me imiten los malos hábitos.

Inciso número 2, que oye, las maestras SOMOS PERSONAS. Con defectos. Insultamos cuando se nos saltan un ceda el paso, olemos mal al hacer popó y tenemos vida privada. Pero eso, vida privada, opiniones privadas.

Decía que, el diez de septiembre, cuando se abrieron las puertas del colegio, me vi de pronto rodeada de mis alumnos. Que me abrazaban, me daban besitos. Las niñas me decían que qué pelo más largo (en verano me crece el pelo como mala hierba) y allí que me vi venir al niño al que, durante el verano, había decidido quitarle la etiqueta. Y la jodimos.

- Hola fulanito,- le dije, manteniendo la distancia física como a él le gusta- qué guapo te veo, ¿qué tal el verano?

- Matamos a mi perro. Con una inyección.- Me contesta con voz monocorde.

- Ehhh, vale... Ponte en la fila, anda.

Pues eso, feliz comienzo de curso, Niño Raro.

3 comentarios:

  1. Me encantan las anécdotas que tenéis los maestros y las quiero saber todas....
    Este año el Bigotes tiene dos autistas y un hiperactivo en clase, además de otros veinticinco niños con un nivel terrible y hábitos selváticos... y todos los días él llega cansado y yo estoy esperando con mil preguntas para que me cuente cómo va la novela... :D

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  2. No ha sido raro, ha sido razonablemente sincero. Las personas raras tienden a decir las cosas como son, son directos y no se contienen ni miden las palabras. Más si le añades que sea un niño jajaja. Te esperan muchas manifestaciones de su razonablemente directa personalidad. Un besote

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  3. Raro o no tanto, quizás le haya marcado muchísimo la muerte de su perro y cómo le ha llegado al pobre, en forma de inyección. Y no ha sabido decírtelo de otra forma.
    Yo soy una adulta "rara" y fui una niña "rara". Ahora paso bastante de las etiquetas, pero te aseguro que duelen y mucho. Lo mejor que podrías hacer es dejar de poner sobrenombres, sobre todo a los niños. Seguro que los demás de la clase, ya le hacen sentir que no es "como ellos".
    One of us

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