Sin escape

Una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es el contacto con la gente. Con los niños y sus familias. Me gusta que las mamás y los papás me cuenten qué tal en casa, y a mi contarles qué tal el cole. No tardo mucho, a la entrada o a la salida de las clases pararme un momentito, y decir que fulanito aha estado muy inquieto, o que menganita se está esforzando más que de costumbre.

Y la clave está en el "no tardo mucho". Porque si bien para las mamás soy la persona con la que sus hijos pasan unas cuantas horas al día, ellos no deberían olvidar que para mi es mi trabajo, y mi vida profesional acaba cuando sus hijos salen por la puerta del aula.

Porque tengo un padre pesado.

Ojo, que el hombre en sí es muy agradable, quiere con locura a su hija, se interesa por ella y pienso su mujer y él están haciendo una labor fantástica con la nena. Pero es un pesado.

Y cuando me lo veo venir a las dos, cuando estoy recogiendo mis cosas para irme a casa, tiemblo. Tiemblo porque no tengo mucho que contarle. La niña ni tuge ni muge en clase, saca dieces y no suele tener problemas con nadie.

Pero su padre es un pesado.

Hoy me hacía pis. Me hacía pis desde dos horas y pico antes, pero no tuve momento para ir, así que estaba recogiendo el bolso para salir pitando al baño... Y de pronto entró el padre pesado.

Y me habló de sus métodos de pedagogía tradicional para educar a su hija, se me enganchó, yo me hacía pis... Y cuando vi que me iba a resultar violentísimo despedirme de él en la puerta del aseo (capaz de haberme esperado) cambié de idea y me dirigí al coche, donde el amable, pero pesado, señor, me cerró la puerta de mi bólido, deseando encontrarnos en otro momento para proseguir con nuestra conversación.

No veo la hora.

No.

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