Huracán Delta

Desde que vine a vivir a Canarias hay un tema de conversación que suele surgir tarde o temprano: El huracán Delta.

En el año 2005 un huracán tocó Canarias, a finales del mes de noviembre. Lo que me llama la atención es que la información que recibimos a través de las cadenas nacionales acerca de los efectos y la gravedad de la situación no fue ni parecida a la realidad que vivió Canarias esos días.

Siempre he sido, desde pequeña, aficionada a la meteorología, así que no es extraño encontrarme bicheando por páginas como la del INM o alguna de aficionados a la meteorología con fotos. En esas estaba una noche, en el 2005, cuando vi la borrasca que se acercaba a Canarias. Pulsé la animación de las fotografías del Meteosat para ver la evolución y algo enseguida me llamó la atención: esa tormenta tenía ojo.

Me llamaba la atención que en INM no había puesta una alerta de huracán.

Ahí empezó el embudo de información que nos llegó de aquello, donde muchos peninsulares llegamos a pensar que la cosa quedó en el fallo del tendido eléctrico, un par de árboles caídos, alguna cornisa...

He podido ver in situ los efectos del Delta en una zona de La Caldera de Taburiente, en la isla de La Palma, donde aún, dos años después, no había podido retirar los árboles caídos. Pero no cualquier árbol, sino pinos canarios de 30 ó 40 metros de altura, con troncos inabarcables caídos como palillos de dientes.

Cuando hablo con los canarios del Delta, todos coinciden en resaltarme una cosa: el silencio. Al parecer fue llamativo no escuchar tan siquiera el canto de un pájaro. Mirabas a un lado y veías venir una negrura insondable. Del otro lado, sol radiante. La calma previa al desastre.

Muchos municipios de Tenerife estuvieron días y días sin luz ni agua corriente. Balcones arrancados o hundidos, torres de alta tensión dobladas como si fueran una espiral de ADN, el césped del campus de La Laguna como si hubiera habido una guerra...

Cuando la gente me habla del Delta, de esos días a la luz de unas velas veo el miedo en sus ojos. Cuando oscurecía, el pillaje en las tiendas hacía imposible salir a la calle, ¿quién se arriesga? Improbable encontrar sitios donde comprar linternas o pilas (y a precios prohibitivos), sin luz para cargar el móvil la incomunicación es total. Sin electricidad no hay agua caliente. Es invierno y hay que lavarse con agua helada.

Las compañeras de la residencia de estudiantes cuentan las imágenes que se les han quedado grabadas a fuego en la mente: las palmeras y las farolas ondeando de lado a lado; la luz se va, ves cómo todo se va quedando a oscuras desde la montaña de enfrente, mientras piensas "ya viene"; el edificio de al lado en obras y la grúa a punto de caerse encima.

En La Palma, comenzando en temporal, sé de primera mano que la guardia civil ató el coche patrulla a los quitamiedos de la carretera, porque se lo llevaba el viento.

Aún es posible encontrar por la red testimonios de canarios que vivieron algo que, los que nos conformamos con la información de las cadenas nacionales, ni imaginamos:

- Fotos y testimonios de ciudadanos de La Palma y Tenerife.

- Artículo de El Mundo, con una foto más bien poco representativa.

- Entrada de la Wikipedia.


Espero, porque soy muy bien pensada, que desde las autoridades y organismos cuyas competencias estén relacionadas con la atención al ciudadano y con su seguridad, se haya tomado nota de lo que salió bien y de lo que salió mal. Un huracán no se puede predecir. El Delta no va a ser el último en visitar tierras canarias, pero está en nuestras manos que el próximo nos pille mejor pertrechados.

Comentarios

  1. Del Delta acá, septiembre del 2008, ha llovido mucho. No es de extrañar la sucesión alarmante de fenomenos meteorológicos adversos de gran intensidad, muchos simultáneos, si tenemos en cuenta la práctica de la modificación artificial del clima con fines bélicos, prohibida por resolución de la ONU aún vigente.

    Que Dios nos coja confesados.

    Saludos.

    Jaime

    PD. El acento es una seña de identidad. No es solamente triste, sino fulminante, perder la de uno, por presión, adaptación o imposición.

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