Comunismo de andar por casa

Mi novio, que va camino de convertirse en alguien muy sabio me dice que es muy fácil ser comunista con los bienes ajenos. Y me da que tiene mucha razón.

En mi casa,a veces, hay un curioso concepto de la propiedad privada. El año pasado, cuando volví en navidad, me encontré con que me faltaban un bolso, gafas de sol, cinturones y otras varias cosas. Pregunté extrañadas por ellas y mi hermana se las había llevado a su casa, para su uso personal y disfrute, como quien va de tiendas pero evidentemente sin pagar. Tuve que reclamar para recuperar mis cosas porque, desde el punto de vista familiar, como no me las había llevado (a Canarias), pensaron que ya no los quería. Lógico; lógico cabreo el que me cogí, claro.

Hace cosa de tres veranos, quizá más, mi madre se compró dos pares de sandalias, una imitando serpiente en turquesa y otra imitando ante en rojo. Las dos una auténtica monada. Pero había un problema: las turquesa resultaron demasiado altas y las rojas demasiado poco ponibles, así que languidecían en el bajo del armario de mi madre desde entonces.

Una, que tiene buena memoria, las reclamó para sí este verano:
- Mamá, que he pensado que si no te vas a poner las sandalias esas, las rojas y las turquesa me las podías dar.
- Vale.

Un mes después, las pido de nuevo:
- Lo de las sandalias...
- Mira, que he pensado que a las turquesa voy a llevarlas a que les corten el tacón, y las rojas ya veré lo que hago, que son una pena, que se queden ahí.
- Pues por eso lo digo, tú dámelas y verás qué rápido las gasto yo...
- No.

Vaya. El resultado fue, como yo pronostiqué cual bruja Lola, que las turquesas no se pudieron usar después de cortar el tacón porque la puntera quedaba mirando al cielo. Las rojas quedaron ideales: mi madre le echo tintura de zapatos en blanco, con lo cual quedaron de color rosa desigual. El problema de las rojas, por eso de que eran poco ponibles, no era el color, sino que a mi madre le resultaban incómodas. Las dos siguen languideciendo en el fondo del armario.

Pocos días después de esto vuelvo a la carga:
- Mamá, esas de esparto que teníamos las dos iguales, las que tiré que se me rompieron, ¿no las usas?
- No.
- Me las podías dar.
- Están muy sucias, por eso no me las pongo.
- Pues mételas en la lavadora.
- Se estropean igual.
- Que no, yo metía las mías y me aguantaron dos años hasta romperse, pruébalo y si quedan medio qué me las das.
- Bueno.

Unos días más tarde me anuncia que, una vez lavadas, las zapatillas han quedado estupendas; pero que se las pone ella, que para eso son suyas.


Hoy, a las once y media de la noche, mi madre me viene preguntando por un pañuelo del pelo color fucsia para vestir mañana a una sobrina de pastora, para el cole. Me comenta que, como la falda "tira a" fucsia, el pañuelo rojo en la cabeza pega bocados. Me muestro de acuerdo con ella y, pertrechada con la bata, la bufanda, y mis décimas de fiebre, me pongo a buscar el pañuelo que usaba yo (que heredé de ella) y que tiene más años que Matusalén. No aparece, pero digo que en la bolsa de la playa debe andar un pañuelo jipi (de esos medio transparentosos y con hilillos plateados) que me compré el año pasado en La Palma para protegerme el pelo en la playa.

En el fondo de mi bolsa de la playa lo encontramos. Mi madre lo plancha y me viene muy contenta diciéndome que genial, que mañana, mientras se levanta la niña ella lo corta, lo cose...

- ¿que cortas qué?- Fijo que no me he enterado por la fiebre. Hablaba de echar a perder mi pañuelo.
- Síiiiiiiiii, que corto los flecos, que quedan feos de pastora, le hago un dobladillo y
- No- la corto- no le cortes nada, que si no me lo estropeas.
- ¿y tú para qué lo quieres? Vaya tela, no prestas nada.
- Ey, no te equivoques, yo prestar sí, que me lo cortes es dar, eso es otra cosa...
- Es que así no me sirve, lo TENGO que cortar.
- No mujer, un dobladillo vale, pero no lo cortes, que así me lo estropeas.
- Pero si no te lo pones...
- Porque es para la playa- ahí empiezo a ver la conversación absurda, es como si me dice, bikini en mano en el mes de diciembre que si no me gusta, que ya no lo uso.


Y tras un rato de tira y afloja, como el tema pasaba por cortar MI pañuelo... pues no ha podido ser. Fastidiada ella, incrédula yo. Así nos metemos hoy en la cama.


Editado: Al final, la nena ha ido preciosa vestida de pastora con un pañuelo de flores de AD en la cabeza.

Comentarios

  1. Ayssss las madres. Aquí mi señora madre si ve algo que no le gusta directamente lo tira, sin preguntar ni nada, ya sea ropa, revistas, papeles importantes, ... Qué le vamos a hacer. Besos!

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  2. Lo de la propiedad ajena en mi casa no existe; bueno, sí existe la propiedad ajena de mi madre y la de mi hermana. La mía no. Cuando llegaba el fin de semana de Santiago, una de las primeras rutinas era ir recuperando mi ropa, maquillaje y demás abalorios por las habitaciones... vaya tela! Vamos, que te entiendo perfectamente...

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  3. Parece que es algo común... Pues vaya fastidio.

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  4. Hija, a mi también me pasa; después de coleccionar zapatillas de esas de andar por casa,mi madre simpre se pone las mías; al final me he tenido que comprar unas MUY, MUY INFANTILES, vamos, con borlas de colorines y todo, para que no se las ponga, y parece que da resultado. Lo malo de eso es que ha contraatacado con mi falda de pana negra y la colonia. En resumen: que ya le he dicho que para Reyes, le regalo otro bote de colinia igual al mío, a ver si deja de pasearse por mi habitación :-D
    Saludos

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