Camino a la felicidad

Tengo una vecina. Mi vecina tiene tres hijos, un novio y un exmarido.

Cuando el marido cambió su estatus por el de exmarido a todos nos cogió por sorpresa. Tere se ha separado, se comentaba en los corrillos del ascensor. Pero nadie sabia por qué, ni un grito se escuchó, ni una palea, nada.

Y eso, en mi vecindario es muy difícil de disimular. Nos enteramos de cuando el del primero echa el kiki con su mujer, nos enteramos de cuando el niño del tercero ensaya la flauta para el colegio (niño, p'a artista no vas), nos enteramos de cuando la del segundo pilló a su marido viendo porno codificado una madrugada.

Pero del motivo por el que la del cuarto se separó, ni una pista.

Poco tiempo después, y con tres niños al cargo, la veíamos feliz. Cuando conoció al nuevo novio, un hombre tranquilo que a las seis de la mañana ya está desayunando, igual que ella, sin dar un ruido, la vimos aún más feliz.

Hasta esta mañana nunca me planteé los motivos de la felicidad de la vecina.

Esta mañana mi madre interrumpe el estudio para hacerme notar que el balcón se cae a trozos. Hay que arreglarlo, me dice, se puede desprender algo con las lluvias y nos cargamos a alguien, a un niño de la guardería de abajo. Miro a un lado, miro al otro. El balcón de mi vecina amenaza con desprenderse igual que el nuestro.

No, no igual. En el balcón de la vecina luce una planta verde y frondosa, alta como una persona. Una planta cuidada con mimo, sin rastro de polvo...

Mamá, eso es marihuana, suelto. ¿Seguro?, mi madre me mira con recelo. No sé qué le preocupa más, si que la vecina sea una narco en potencia o que su hija identifique la planta en cuestión. Que sí, mamá, que mi amigo Rafa tenía una en el balcón, que se la regaba la abuela porque le dijo que eran especias para las pizzas hasta que la abuela se lo echó al puchero a ver qué tal quedaba.

Mi madre me mira de reojo, escéptica. Puede que esté enferma y sea terapéutico.

Mi madre asiente y opina, muy acertadamente que si te estás muriendo se debería tener permiso para ser feliz, aunque sea fumando porros.

Y ahí queda la cosa, cada uno en su casa y Dios, o maría, en la de todos...

Comentarios

  1. La marihuana reblandece los sesos. De ahí la momentánea alegría que produce su consumo. En la ignorancia está la felicidad.

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