Bomberos y yogures

En mi casa entró el virus hace ya una semana. Lo trajo mi madre, como regalo anónimo y compartió su gastroenteritis con quien tuvo más cerca. Conmigo, evidentemente. Amor de madre.

Un virus que te tumba, te da fiebre, te hace querer dormitar en pleno cuarto de baño. Días sin comer. Ni ganas.

Mi madre, de naturaleza glotona, después de 4 días sin tomar sólidos se enfrenta a su primer yogur. Fresa con trocitos que flotan en un yogur con extra de nata, sabroso y cremoso.

Mientras, en la tele, delante de mis ojos abiertos como platos de sopa fría Matías Prat me enseña en la ventana al mundo que mi primo es bombero, pero que no está tan bueno como los de Bilbao. Que me han hecho un calendario. ¿Se comprará online?. Uno tras otro veo el resultado del arduo trabajo levantando mangueras y salvando a doncellas de casas en llamas: anchas espaldas, abdominales imposibles...

La foto final, una larga fila de muchachotes luciendo la parte posterior de sus cuerpos coincide con el momento en que mi madre, con una voz llena de sentimiento y emoción dice: pero mira que están buenos, estos...

Me vuelvo hacia ella para contestarle, asombrada y de acuerdo a partes iguales y la veo con la mirada gacha, muy concentrada, rebañando con la cuchara los restos de su amado yogur de fresa. Caigo en la cuenta de mi error y escucho, alta y clara como una voz en off a mi conciencia, mi yo interior que me dice: aprovecha, nena, aprovecha, mientras te gusten más los bomberos que los yogures de fresa...

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